SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

BIOGRAFÍA PERSONAL

I N F A N C I A

 

Nací en Francia, el 30 de julio de 1944, casi dos meses después del desembarco de NORMANDÍA y un día antes de que ANTOINE DE SAINT-EXUPERY, autor de EL PRINCIPITO, desapareciera con su avión, volando sobre el mar.

No es que estas dos cosas fuesen muy determinantes, pero me encanta contarlas.

Cuando naces en plena GUERRA MUNDIAL, en un país que la vive intensamente, de alguna manera te marca. Y si al día siguiente de nacer, uno de los mejores escritores de literatura infantil, se pierde en el mar, o es abatido por un piloto alemán, cosa que no está clara, y sobre la que algún día escribiré, pues también te sitúa en el mapa. "Al día siguiente de nacer Santiago, Saint-Exupery murió", pueden decir los amantes de la dramaturgia.

En Francia no me llamaba SANTIAGO, me llamaba JACQUES. Otra cosa que te marca. Vives con un nombre durante diez años y luego te lo cambian. Por eso, en mi intimidad, pienso en mí como JACQUES/SANTIAGO.

 Es mi gran secreto.

 Crecí en un pueblecito llamado MONT DE MARSAN, en el sudoeste de Francia, en la famosa región de AQUITANIA, donde los efectos de la guerra se notaban mucho, a pesar de ser una zona alejada del centro del conflicto. Era muy habitual ver soldados por las calles.

 La guerra mundial acabó cuando yo tenía un año. Según pasaban los años y me iba haciendo mayor, notaba que la gente estaba muy contenta de que hubiera acabado. En FRANCIA, el 14 de julio es una gran fiesta que celebra la Liberación, una fiesta nacional que  festeja la expulsión de los invasores alemanes.

 Es un gran evento en el que todo el mundo participa.

 En MONT DE MARSAN vivía una calle muy empinada que iba a dar al río que se llamaba la RUE BATTELIERE que, por cierto, sigue existiendo.

 Iba a un colegio muy cercano y tenía muchos amigos. Recuerdo que cuando iba al colegio, lo hacía acompañado de algunos vecinos de mi edad y resultaba muy divertido. Sí, durante esa época, me encantaba ir al colegio, sobre todo por la compañía.

 Al final de mi calle había un cine al que debí ir alguna vez, aunque no recuerdo qué películas vi. Mi memoria se desdibuja y no consigo recordarlas. Lo único que recuerdo es estar en una sala oscura, con mis padres, viendo algo en la pantalla, pero sin saber qué.

 Y, desde luego, recuerdo haber entrado en ese cine.

 Pero uno de los recuerdos más potentes que tengo de aquella época es la matanza del cerdo.

 Mis abuelos tenían una pequeña granja con animales y cada año mataban un cerdo para repartir entre toda la familia, que era bastante amplia y todos los miembros asistían al sacrificio. Era la fiesta del cerdo.

 

Una vez, debía yo tener unos ocho o nueve años, me dejaron participar en la matanza de un cerdo. Mi padre, mi abuelo y mis tíos colaboraban en ese rito. A mí, me adjudicaron una trabajo importante: agarrar la cola del cerdo:

 -Sujeta fuerte y no sueltes, pase lo que pase -me ordenó mi padre.

-Ya es un hombrecito y se portará como un valiente -añadió mi abuelo.

 Mientras yo sujetaba la animal de la cola y tiraba con todas mis fuerzas, mi abuelo lo sacrificó.

 Nunca olvidaré los gritos del cerdo.

 Para mí eran gritos casi humanos.

 Y sus temblores. Todo su cuerpo se agitaba de forma incontrolada.

 Si me hubieran clavado el cuchillo a mí, creo que me hubiera dolido menos.

 Pero me porté como un valiente y todos me felicitaron.

 Aprendí una gran lección: nunca debes decir que tienes miedo. Por mucho que tengas.

 A pesar de los años que han pasado desde entonces, que son muchos, nunca he podido olvidar ese día.

 Mi abuelo, con un gran delantal y un enorme cuchillo en la mano derecha, disponiéndose a sacrificar al cerdo es un recuerdo sobre el que, algún día, escribiré algo.

 La matanza del cerdo es algo muy normal en las granjas, igual que llevar a los niños a presenciarlas y a participar. Pero yo debía ser un niño muy normal.

 Para mí, aquello fue una verdadera salvajada de la que nunca me he podido desprender.

 Está clavado en mi subconsciente y nunca se borrará.

 Mi abuelo era militar y tenía en su casa espadas y otros artilugios bélicos, como cascos, gorros, y otros artilugios que a mis primos y a mí nos encantaba tocar con nuestras propias manos. También había muchos libros, mapas y documentos.

 El día que empuñé un sable napoleónico fue inolvidable.

 Pesaba como un demonio, la empuñadura era robusta y fría. Y la hoja de acero parecía realmente peligrosa.

 -Nunca pases el dedo por el filo de la hoja -me advirtió mi abuelo-. Es traidora y puede hacerte mucho daño.

 Mis padres y yo solíamos ir los domingos a visitarle y me encantaba estar con él y escuchar sus historias.

 Siempre tenía algo nuevo para contar. Era un pozo sin fondo. Si las recordara todas, tendría un gran libro. Pero algún día contará varias de las que aún no he olvidado.

 Mi abuela era lo opuesto a él. Incluso físicamente. Ella era grande y obesa mientras que él era pequeño, delgado e inquieto. A ella le costaba moverse y arrastraba los pies y él parecía saltar. Ella era cariñosa y amable mientras que él era áspero, duro e implacable. Ella me lo perdonaba todo y él no me dejaba pasar ni una. Ella era amante de la vida y él la consideraba algo ajeno sobre lo que podía disponer y decidir.. y prescindir llegado el caso.

 Sí, la vida militar de mi abuelo le había marcado mucho el carácter. Tenía un gran mostacho y he crecido con la idea de que era un gran admirador de Napoleón. En Francia, Napoleón es casi un dios.

 De hecho, consiguió que uno de sus hijos, mi tío Andrés, se hiciera militar.

 Mi madre se parecía más a mi abuela y mi tío a mi abuelo.

 Las otras dos hermanas de mi madre no se parecían ni a uno ni a otro. Eran independientes.

 Luego estaba mi otro tío, Jeannot, que tenía mucho de mi abuelo y que se convirtió en un gran pelotari. Le veía poco ya que vivía en San Juan de Luz.

 Para mi abuelo, sus dos hijos eran lo mejor de su vida.

 Mi padre, que no era precisamente amante de lo militar, se llevaba bien con mi abuelo y recuerdo haberles visto mantener largas conversaciones. No sé si el hecho de que a los dos les gustara fumar contribuyó a esas charlas. Algunas veces me dejaban estar con ellos y escuché cosas que aún trato de digerir.

 Conversaciones de hombres curtidos en batallas. Yo todavía no lo sabía, pero mi padre había sido soldado en la Guerra Civil española. Supongo que se sentían compañeros de armas.

 Con los años, fui descubriendo que no hay nada que guste más a los soldados que hablar de sus aventuras en el frente. Ahora hablan de fútbol.

 

CONTINUARÁ...