SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR

OJOS DE DRAGÓN 2 - ¡MALDICIÓN!

 

Capítulo 2

 

Cruzando la frontera 

 

 

Poco después de haberse adentrado en el reino, Orlando y Katania divisaron la silueta de la capital de Tritania. Habían oído una y otra vez los relatos que describían la ciudad. Aún así, la vívida imagen que se divisaba en lontananza les produjo una honda impresión. Tres enormes torres almenadas se erguían sobre el horizonte como símbolo incontestable de su poder. Los planos que habían consultado antes de su partida les indicaban que la torre más alta, enclavada en el centro de la ciudad, alojaba al gobernador y a su familia; la segunda pertenecía a los hechiceros, y la tercera era de los religiosos. Los tres pilares del poder tritaniano.

     Tritania, un oscuro reino ausente de ley, era el lugar en el que esperaban encontrar respuestas a los enigmas que los apesadumbraban. No iba a ser fácil, puesto que estaba habitada por gente de la peor calaña. En el interior de sus fronteras, malhechores y reos de la justicia gozaban de una extraordinaria impunidad. Cada día se cometían gran cantidad de tropelías y delitos sin que nadie hiciera nada para impedirlo. Era terreno propicio para la maldad sin límites. Quien transitara por Tritania, seres humanos, animales o mercancías, era gravado con impuestos destinados a incrementar el patrimonio de la familia Hutlan. Tom Hutlan, el anciano patriarca, ostentaba el título de gobernador. Sus arcas privadas se alimentaban con los oscuros negocios que se desarrollaban en cualquier rincón de su territorio. La ausencia de escrúpulos parecía una consigna grabada a fuego en el escudo familiar.

     Orlando y Katania sabían que Tritania era el infierno terrenal, pero asumían el riesgo con la esperanza de recuperar la libertad de Orlando y vengar al padre de Katania. Los dos amigos cabalgaban con la certeza de que el camino les conduciría directo a la boca del lobo.

     ―Mañana cruzaremos sus murallas ―dijo Orlando―. ¿Estás segura de que quieres entrar?

     ―Si tú entras, yo también ―respondió con firmeza.

     Orlando espoleó su caballo y ella le siguió hasta que se puso a su altura.

     ―No me dejarás atrás. Seguiré a tu lado, pase lo que pase ―le advirtió.

El sol todavía se distinguía en la línea del horizonte cuando una flecha se clavó en el suelo, a pocos pasos por delante de las patas del caballo de Orlando. Negro relinchó con furia.

     Los jinetes detuvieron sus monturas en seco, atentos al peligro que les acechaba. Desenfundaron sus espadas y esperaron a que el arquero saliera de entre los arbustos, lugar del que procedía el dardo.

     ―¿Quién es el rufián que se atreve a cortarnos el paso? ―gritó Orlando.

     Un hombre de mala catadura, con un arco en la mano derecha, se dejó ver en actitud amenazante.

     Apenas había dado unos pasos cuando otros tres salieron a campo abierto, desde su derecha.

     ―Me llamo Estinberg y no soy ningún rufián ―alegó el arquero―. Soy el jefe de este grupo de centinelas que protegemos la frontera de Tritania. Somos soldados y estamos a las órdenes del gobernador Hutlan.

     ―Venimos de Tagnaria. Solo queremos llegar a la ciudad de Tritania ―gritó Katania―. ¿Por qué nos impedís el paso?

     ―No os hemos hecho nada y venimos en son de paz ―añadió Orlando.

     Los cuatro hombres se colocaron ante ellos, formando una barrera.

     ―Para pasar, tenéis que pagar el peaje ―explicó Estinberg―. Supongo que no queréis acabar en una de nuestras celdas, ¿verdad?

     Orlando hizo avanzar su caballo.

     ―Somos pacíficos y nadie nos impedirá cruzar esta frontera ―dijo, en tono de advertencia, balanceando su espada―. No nos apresaréis.

     ―Aunque consigáis pasar encima de nosotros, habrá otros que os detendrán ―advirtió Estinberg―. ¡Pagad o volved por donde habéis venido y tengamos un día de paz!

     Los centinelas no se movieron, pero mantuvieron las armas en alto. Orlando miró a Katania, que comprendió el mensaje. Como si alguien invisible hubiera dado una señal, se abalanzaron contra los centinelas fronterizos, que no tuvieron otra opción que apartarse.

     Estinberg colocó una flecha en su arco y se dispuso a disparar, pero una piedra negra le golpeó de lleno en la cabeza y le hizo tambalearse antes de caer al suelo como si fuese un saco de patatas.

     ―¡Es mejor que nos dejéis en paz! ―gritó Orlando, amenazándoles con la piedra, que había vuelto a su mano.

     Los tres soldados se quedaron quietos. Era evidente que no tenían muchas ganas de complicarse la vida estando su jefe en el mundo de los sueños y con un extraño y peligroso enemigo que lanzaba piedras que le obedecían.

     ―Nosotros solo cumplimos órdenes ―se disculpó el más joven, que llevaba una larga melena y estaba armado con una espada mellada―. Solo queremos cobrar el peaje. No buscamos pelea.

     ―Entonces, ocupaos de vuestro jefe y olvidaos de nosotros ―dijo Katania―. ¿Por qué se nos impide el paso si el reino de Tagnaria ha tenido siempre buenas relaciones con Tritania?

    ―Ahora os voy a dar yo una orden ―advirtió Orlando―. Dejad vuestras ropas y vuestras armas en el suelo y perdeos en la espesura del bosque antes de que mi paciencia se acabe.

     Estinberg, que en ese instante recobraba el sentido, escuchó las palabras de Orlando, pero no dijo nada. Había comprendido que no le serviría de nada oponerse. Ese chico era un diablo manejando piedras.

     ―Haced lo que dice ―ordenó a sus hombres―. Nosotros hemos cumplido con nuestro deber y no podemos hacer más.

     Los centinelas obedecieron sin rechistar. Poco después, medio desnudos, corrían hacia el bosque y desaparecían de la vista de Orlando y Katania.

     ―Ya me explicarás para qué queremos las ropas andrajosas de estos hombres. Están rotas y sucias ―se quejó Katania.

     Orlando descabalgó, eligió algunas de las prendas que más le interesaron y se las puso.

     ―Es posible que no presten atención a dos viajeros mal vestidos y malolientes ―explicó Orlando―. No nos reconocerán.

     Katania, de mala gana, se apeó y también se camufló con algunas prendas y se envolvió en una capa.

     ―No digo que no tengas buenas ideas, solo digo que no me gustan ―refunfuñó―. Nadie me ha visto con este aspecto. Soy una princesa y no puedo permitir que piensen que soy una mendiga.

     Orlando sonrió y espoleó su montura.

Los que los vieron desde lejos pensaron que eran dos viajeros sin interés que entraban en Tritania de manera pacífica y a ninguno se le ocurrió relacionarlos con una princesa y el valiente guerrero que había vencido a Avérnico y a su temible ejército.

     Mientras avanzaban, Estrinberg, el jefe de los centinelas, cabalgaba hacia la ciudad de Tritania para informar a sus jefes y a ese tal Gorman, que les había prometido una gratificación si se topaban con una chica y un chico con ojos extraños. Probablemente, recibiría una buena recompensa.


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