SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

CAPÍTULO 2

 

 

 

Capítulo 2

Hospital

           

Hoy cumplo quince años y mi vida, definitivamente, es un verdadero desastre.

         Soy un juguete roto.

         Tío Henry me ha acompañado a la clínica Keaton para pasar la revisión anual. Estoy aquí, haciéndome pruebas de todo tipo, rodeado de ordenadores, pantallas, cámaras, escáneres corporales, enfermeras y técnicos. Harto de que me radiografíen, me pinchen, me extraigan sangre y me ausculten. Ya no aguanto más. Sé que todo esto no sirve para nada. Lo mío no tiene arreglo.

         No te muevas durante diez segundos —me pide el doctor Keaton.

         Mientras me inmovilizo, solo pienso en salir de esta pecera cilíndrica en la que llevo metido desde hace más de una hora y por la que paso cada año. El doctor Keaton está ahí fuera, junto a sus ayudantes, manejando los mandos del escáner para averiguar en qué estado están los desperfectos que hay por todo mi cuerpo. Tengo los brazos en cruz y me dejo fotografiar hasta los entresijos. Esta maldita cabina acristalada me está robando toda mi intimidad.

 

 

         Por fin, desconectan el aparato, me dejan salir y me ayudan a sentarme en mi silla de ruedas, donde me relajo un poco. Ya no podía más. Lo peor es el dolor de cabeza.

         El doctor Keaton se sienta ante mí mientras me pongo la máscara de aire.

         —¿Cómo te encuentras, Patrick? —pregunta con ese tono suyo tan amable y tranquilizador.

         —¿Qué quiere que le diga, doctor? —respondo, dejando claro que estoy harto y aburrido—. Con todas las pruebas que me han hecho, supongo que me dará buenas noticias sobre mi estado...

         —Lo siento, Patrick, no hay motivos para el optimismo —dice, mirándome a los ojos—. Algo ha empeorado, y prefiero decírtelo claramente, sin rodeos... Se trata de tus músculos, que se están atrofiando... Debes ampliar los ejercicios de rehabilitación. Si no mueves tu cuerpo podrías empeorar gravemente... Y tienes que seguir con la medicación.

         —Doctor, por favor... —interviene tío Henry, que está a mi lado—. Le está asustando..., y a mí también...

         —Perdona, Henry, pero debo hablar claro —responde—. Es mejor insistir ahora que lamentarse después. Patrick debe moverse más y hacer mucho ejercicio. Lleva demasiados años prácticamente postrado en una silla y todo su organismo se resiente. Por eso tiene que revisarse cada año.

         —¿No hay una forma de evitarme esta tortura? —pregunto.

         —Ya te propuse implantarte un chip en el sistema central nervioso, pero te negaste.

         —Nunca dejaré que me coloquen un chip en el cuerpo, doctor Keaton. No soy ningún robot.

         —Entonces, lo siento, Patrick, pero tendrás que pasar por aquí cada año —dice.

         —Patrick, a lo mejor deberías reconsiderar esa propuesta... —interviene tío Henry.

         —De ninguna manera —contesto—. No servirá de nada… Dígame, doctor, ¿mis piernas han mejorado?

         —Ni han mejorado ni van a hacerlo, Patrick.

         —¿Tengo que seguir con la ortopedia?

         Asiente con la cabeza.

         Aunque sé que él no tiene la culpa de nada, le miro con rabia. Debo agradecerle que siga preocupándose por mí y por hacer el seguimiento de mi estado. Es mejor estar en manos del mismo médico que cambiar y tener que empezar de nuevo. Sí, lo reconozco, sé que es muy duro para todos tener que aguantar mi mal humor.

         —¿Para qué voy a continuar con la rehabilitación y tomando todas esas porquerías si no mejoro en absoluto? —le suelto a bocajarro.

         —Para no empeorar, Patrick —responde fríamente—. Para eso.

         —No mejorar es igual que empeorar, doctor.

         —No, no es igual. Empeorar es lo peor de todo. Y eso puede ocurrir, te lo aseguro —dice con firmeza—. Tienes que luchar.

         —No sé si vale la pena. No puedo hacer nada. Estoy unido a esta maldita silla de ruedas, vivo enganchado a esta bombona de aire, no puedo levantarme sin la ayuda de estas piernas ortopédicas...

         —Sería mucho peor si tuvieras que estar acostado, con respiración asistida, sin poder mover ni siquiera una mano —responde en tono duro—. Hazme caso y trabaja para mantener lo que tienes. ¡Esfuérzate, Patrick!

         Tío Henry carraspea antes de intervenir de nuevo:

         —Patrick, tienes que hacer caso al doctor Keaton. Él quiere lo mejor para ti. Debes esforzarte. ¿Comprendes?

         Tardo un poco antes de responder. No quiero provocar un terremoto con la respuesta que le daría si me dejara llevar por mis sentimientos.

         —Lo sé, tío Henry, y se lo agradezco... Lo sé muy bien... Sé que todos queréis lo mejor para mí... Incluso mis padres, que no vienen a verme desde hace meses, quieren que me ponga bien y que siga luchando por mantenerme en buen estado... Pero yo ya no puedo más... Estoy harto de estar en una silla de ruedas, sin poder usar las piernas, con una mascarilla, en vez de usar los pulmones... Y ahora todo se complica...

         —Las cosas son así —admite el doctor Keaton—. Y nadie puede mejorarlas. No hay nada en el mundo que pueda curarte, salvo tú mismo, Patrick. Tienes que aceptar la realidad.

         —No me queda más remedio que aceptarla, doctor, y lo hago, pero ya no me quedan fuerzas para seguir luchando. Yo tenía otros planes para mi vida. Quería explorar el mundo, viajar, conocer el planeta...

         Después de un breve e incómodo silencio, Keaton se pone en pie:

         —Nos veremos dentro de un año —dice, dando por terminada la entrevista—. Si hubiera algún cambio, me avisáis inmediatamente. Tu equilibrio es delicado y conviene estar alerta. Cualquier pequeña alteración puede significar peligro. Así que os ruego que estéis atentos. Informaré personalmente a tus padres de los resultados de esta revisión.

         —Sí, hágalo, seguro que les interesará —digo con un ligero tono irónico—. Les gustará saber que estoy estable… y vivo…

         —Por favor, Patrick, no hables así —me pide tío Henry—. Tus padres se interesan por ti. Otra cosa es que estén ocupados con su trabajo. Ya sabes que están inmersos en un proyecto de gran envergadura.

         —Sí, supongo que es más importante que su hijo —me lamento—. Mucho más…

         —Ahora debe seguir el tratamiento al pie de la letra —dictamina Keaton—. Y, sobre todo, hacer muchos ejercicios de rehabilitación. ¿De acuerdo?

         Abandonamos la clínica con el pleno convencimiento de que lo mío no tiene arreglo. Como ya he dicho, mi vida es un verdadero desastre y no mejorará.

         Entramos en el taxi de Jerry, que nos está esperando en la puerta gracias al permiso especial para aparcar por mi minusvalía. Con los años que lleva a nuestro servicio se ha convertido en amigo y confidente.

         —Hola, Jerry —le saludo.

         —Hola, Patrick... ¿Todo bien?

         —Digamos que sí… ¿Nos llevas a casa, por favor?

         —En un momento estamos allí —dice, con su tono animoso y servicial.

         Desde el accidente de coche vivo con mi tío Henry en el apartamento de Nueva York propiedad de mi abuelo Víctor, que no para de viajar y que nadie sabe dónde se encuentra. Aunque es para uso familiar, mis padres mantienen un par de habitaciones que apenas usan debido a que mi madre se ha trasladado a Washington y mi padre sigue trabajando en Cabo Cañaveral. En realidad, quienes lo ocupamos somos tío Henry y yo.

         Solo tengo la compañía de este soltero empedernido al que no le ha ido bien en el amor y que me ha dejado un hueco en su vida de escritor de libros de aventuras. Se ha convertido en mi tutor y me está ayudando a ser escritor, la única profesión que podré practicar en toda mi vida. ¿Qué otra cosa puede hacer alguien que necesita sujetar las piernas con hierros para dar unos pasos?

         —Nada en el mundo podrá impedir que des rienda suelta a tu imaginación —me ha dicho muchas veces—. Vivirás lo que escribas. Tu vida está en tu imaginación, Patrick.

         Supongo que tiene razón, pero reconozco que me gustaría vivir las aventuras que escribo de forma física.

         Aunque sé que no puede ser.

         Sé que soy un tullido y que debo aceptar mi destino.

         —No tengo fuerzas para ir al colegio estos días —digo—. ¿Puedes hacer algo?

         —Está bien. Hablaré con el colegio para que sepan que estás malo. El doctor lo avalará.

         —Gracias, tío Henry.