SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

 

CARICIAS DE LEÓN

 

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1

 

           Recuerdo que corría como un loco, ciego de preocupación y sorteando a las personas que se cruzaban en mi camino. Salí del instituto como un misil, dispuesto a llegar a la clínica lo antes posible. La llamada de mi padre me había desquiciado y el resto del mundo había dejado de existir para mí. Sus palabras se repetían una y otra vez en mi cerebro: León, hijo, ven lo más pronto que puedas, tu madre ha tenido un accidente.

         Estuve a punto de ser atropellado en dos ocasiones, pero no me importó; nada ni nadie habrían podido detenerme. Por fin, cuando mis pulmones estaban a punto de estallar, divisé la fachada de la clínica y mi corazón se tranquilizó un poco, a pesar de que nada indicaba que el problema estuviera solucionado.

         Entré enloquecido en la clínica y no me detuve hasta que me encontré con mi padre, en el pasillo:

         -¿Cómo está? -pregunté apenas le tuve a mi alcance-. ¿Cómo se encuentra?

        -El doctor me ha dicho que el peligro ha pasado -explicó, enderezando el nudo de su corbata.

       -¿Estás seguro de que está bien? -insistí.

       -Mira, ahí lo tienes. Pregúntaselo tú mismo.

      Me acerqué al doctor Benito Flores, un viejo amigo de la familia.

      -Doctor, ¿qué tal está mi madre?

      -Ahora descansa, pero no te preocupes, va todo bien.

      -¿Qué ha ocurrido exactamente?

      -Se ha golpeado la cadera. Puede que la veas cojear durante algunos días, pero no debes alarmarte.

      -¿Habrá que operar?

      -Es pronto para decirlo.

      -¡León! ¡Papá!

     Era mi hermana Verónica, que venía corriendo hacia nosotros. Su oficina estaba lejos y resultaba lógico que fuese la última en llegar.

      -¿Qué ha pasado! ¿Cómo está?

      El doctor la agarró del brazo y trató de tranquilizarla:

      -Ven conmigo y podrás ver por ti misma que se encuentra en buen estado. La hemos sedado un poco, así que no debes asustarte.

      -¿Puedo ir yo también? -pregunté.

      -Es mejor que te quedes aquí. No conviene cansarla -explicó.

      Mientras se alejaban, me apoyé en la pared e intenté tranquilizarme.

      Estaba preocupado y me corazón iba a mil por hora.

      -Bueno, León, hijo, ya ves que el peligro ha pasado -dijo papá.

      -Pero, ¿qué le ha ocurrido exactamente?

       -Cuando llegué a casa, me dijo que llevaba toda la tarde con dolor de cabeza. De repente, noté que se mareaba y antes de que pudiera sujetarla, se cayó al suelo y se dio un buen golpe.. Perdió el conocimiento; por eso la traje aquí.

    -Hemos tenido suerte de que estuvieras  con ella en casa -comenté-. Imagínate lo que habría sucedido si llega a estar sola.

    -No quiero ni pensarlo -contestó, cerrando los ojos.

    En ese momento, Verónica hizo acto de presencia y se acercó.

    -Está medio dormida y no recuerda nada -nos informó-. Es mejor que os vayáis a casa. Yo me quedaré esta noche con ella para vigilarla.

    -Yo quiero estar cerca, por si me necesita -me ofrecí.

    -Es mejor que te marches -insistió-. Aquí no hacéis nada. Si pasa algo, os llamaré. ¿De acuerdo?

    -Es lo más conveniente -dijo el doctor Flores-. Ya no se puede hacer más. Ahora necesita descansar.

     -Está bien, nos vamos -aceptó papá-. Benito, de verdad, muchas gracias por todo. Si no fuese por ti...

     Unos minutos después, mi padre y yo salíamos de la Clínica Buenavista. Cuando estábamos cerca de casa, papá, señalando el bar de Lucio, que aún estaba abierto, me preguntó:

     -¿Te apetece tomar algo?

    -No, de verdad. Prefiero ir a casa. Por si Verónica necesita cualquier cosa...

    -Venga, no me dejes solo ahora -persistió-. Los hombres deben estar juntos y hablar de sus cosas. Anda, ven, te tomas un café y vas, ¿vale?

    -Está bien, pero recuerda que mañana tengo que ir a clase.

     Me pasó el brazo por el hombro y entramos en el bar, que estaba casi vacío.

     -Hombre, los leones -dijo Lucio a modo de saludo-. ¿Qué tal está tu mujer?

     -Ingresada -dijo papá-. Pero no es grave, mañana le dan el alta. Anda, ponme un brandy y un café con leche para el chico.

     Nos sentamos en la mesa del fondo y esperamos a que nos trajera las consumiciones. Me fijé entonces en un cartel que estaba pegado en la pared:

    -Vaya, veo que has vuelto a ganar el campeonato -dije.

    -Nadie puede conmigo -contestó, marcando los bíceps-. El brazo de tu padre sigue siendo el más poderoso del barrio. Nadie puede echarme un pulso. Soy el más fuerte. ¿Quieres demostrar que ya me puedes ganar?

     Papá, que era un gran tipo al que todo el mundo respetaba, me había enseñado a no tener miedo de nada ni de nadie. Yo quería ser como él; por eso hacía mucha gimnasia y había desarrollado buenos músculos

      -No, de verdad, esta noche no tengo ganas -respondí.

      -Con esto os calentaréis un poco -dijo Lucio unos segundos después, dejando las bebidas sobre la mesa.

      Papá dio un trago a su copa mientras yo me servía el azúcar.

    -Ah, esto es vida -dijo, exhalando un cálido soplo de alcohol-. Esto es lo  mejor para un hombre de verdad...

      -Creo que exageras un poco...

      -Venga, vamos allá -dijo, colocando el brazo sobre a mesa y abriendo la mano-. Es bueno medir las fuerzas.

      Aunque no tenía demasiadas ganas de enfrentarme a él, no le rehuí. Me arremangué y entrelazamos las manos mientras nuestros músculos se ponían en tensión. Durante unos segundos me hizo creer que podía ganarle, hasta que, finalmente, me aplastó la mano contra la mesa.

      -Todavía te queda mucho para que puedas conmigo -dijo, pasándome la mano sobre la cabeza, como solía hacer cuando era un niño-. Tu padre aún es más fuerte que tú.

    Mientras daba buena cuenta de su copa de brandy, yo me refugié en la taza de café, que todavía humeaba.

    -Estoy preocupado por mamá -suspiré.

    -Leónsegundo, no quiero que te angusties por ella. Tu madre es toda una mujer, dura y fuerte como una roca.

    -Pero está envejeciendo muy deprisa. Es la sombra de lo que fue.

    -En eso tienes razón. Ha tenido la fuerza de un roble... el matrimonio desgasta mucho... -dijo antes de dar otro tiento a la copa-. Yo tenía un gran futuro como vendedor. Ahora sería director general, pero se quedó embarazada de Verónica, y yo, que soy un hombre de honor, me casé con ella sabiendo que mi vida profesional se echaba a perder. En fin, qué le vamos a hacer,

      En sus palabras había un poso de amargura causada por ese embarazo no deseado del que me había hablado tantas veces.

      -Hijo, ten cuidado con las mujeres. Son muy hábiles y saben manejar a los hombres -dijo mientras pedía otra copa-. Si te descuidas, pueden arruinarte la vida.

      -No exageres, papá. Que nosotros sabemos lo que tenemos que hacer.

    -Leónsegundo, eres un inocente. La vida te enseñará que las cosas no son tan sencillas -dijo, mirándose en el espejo del fondo y alisando su traje impecable-. Pero ya te darás cuenta de lo que te digo.

    -No creas que soy tonto.

     -Son muy listas y nosotros somos más ingenuos; por eso debemos ser fuertes.

     Lancé una ojeada a mi reloj y vi que era tarde.

     -Papá, quizá deberíamos subir a casa. No sea que llamen de la clínica.

     -Sube tú, que yo me voy a quedar un rato para hablar para hablar con Lucio. Tengo que tratar un asunto con él.

     -Te esperaré despierto hasta que llegues, por si quieres que te prepare un poco de cena.

     Tosió un par de veces y me respondió.

    -No hace falta... oye, no quiero que te obsesiones demasiado por lo de tu madre. Es fuerte y no está tan mal como parece. Tú céntrate en los estudios, ¿vale? Piensa en tu futuro.

    -De acuerdo, te haré caso.

    Salí del bar y me despedí de Lucio.

    -Hasta luego, campeón -dijo, guiñándome un ojo.

     Cuando llegué a casa, sentí un escalofrío y una extraña sensación de soledad, ya que nunca la había visto vacía a esas horas de la noche. Era como si mi familia hubiera desaparecido. La verdad es que me sentí más intranquilo de lo que quise reconocer. 

      Abrí la nevera, me preparé una cena rápida y me senté ante la tele, con la bandeja sobre las rodillas. Zapeé un poco, pero al final la apagué, porque mis preocupaciones eran más fuertes que mi deseo de ver programas estúpidos de cámaras ocultas, concursos y cotilleos baratos.

     Antes de irme a la cama, traté de reordenar mis ideas sobre mi familia. Mis padres, mi hermana y yo estábamos viviendo un momento difícil... Y no era la primera vez...

 

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