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RELATO GANADOR CERTAMEN RELATOS "SANTIAGO GARCÍA CLAIRAC" AÑO 2008

Una triste historia

Escrito por Claudia García Sanz (Azuqueca de Henares)

       ¿Estás seguro de querer oír mi historia?

       Más vale que pienses bien tu respuesta, pues una vez empiece no pienso parar.

       Y es que esta historia, mi historia, ni es bonita ni tiene un final feliz.

       Vaya, veo que sigues ahí sentado, esperando. Entonces ya es hora de comenzar mi relato.

       Me llamaban Santiago Dávila, hijo del marqués Don Gómez Dávila, octavo señor de la Villa de Velada. Un padre al que abandoné.

       Todo el pueblo se preguntaba como es que abandoné mi vida llena de riquezas, títulos y facilidades, aunque lo cierto es que los comprendo muy bien. Tal vez, osado lector, no te hayas dado cuenta, pero nos encontramos en la época Medieval, donde las enfermedades y guerras asolan la tierra, destruyendo familias y hogares, dejando a su paso un rastro de profunda desolación.

       En estos tiempos de pobreza y violencia extrema nadie renunciaría a lo que yo tuve, una vida sin complicaciones hasta el final de ella. Por supuesto, nadie excepto yo, y es que, si no hubiera sueños por luchar, reglas que romper, fines que alcanzar… No habría historia que contar.

       Aunque tan solo tengo veinte años, hace mucho que la gente me considera adulto, ya que llegar a los treinta años en los tiempos que corren es un verdadero milagro. Es por ello que a la gente le molesta mi espíritu optimista, mi sueño de poder cambiar el mundo, aunque a mi pesar se que no me queda mucha vida por delante, y en el fondo de mi conciencia una detestable vocecilla me susurraba que un solo hombre no puede hacer nada por un reino destinado al fracaso, y mucho menos por algo tan grande como el mundo.

       De joven me habían enseñado lo que llamaban el “noble” arte de la espada, del combate cuerpo a cuerpo, algo que lejos de emocionarme como al resto de niños de mi edad me producía temor y rechazo ante la idea de tener que practicarlo algún día lejos de las murallas que custodiaban Ávila. Era por eso que cada noche acudía a lo alto del torreón del castillo, con mi madre, que me enseñaba cosas sobre medicina, astronomía, historia, física…

       Por supuesto esto no estaba bien visto en mi época. Yo admiraba a mi madre por sus conocimientos, su solidaridad, por todo lo que era. Sin embargo, sabía lo que acarreaba aquello, que un secreto como aquel podía llevarnos a la muerte, y sería mucho peor si mi padre se enterara, ya que al fin y al cabo, una mujer debe ser fiel a su marido y obedecerle en cualquier cosa. Pero mi madre era una persona con criterios, por lo que la recluía en aquel torreón del castillo. Además, aquellos que se hacían llamar “La Santa Inquisición”, en pleno apogeo, se dedicaban a capturar a mujeres como ella, y a quemarlas en la hoguera, acusadas de brujería.

       Yo amaba a mi madre sobre todas las cosas, y muy a menudo tenía pesadillas en las que oía sus gritos desgarrados mientras las llamas devoraban su cuerpo, y yo, impotente, no podía ayudarla. Es por eso que decidí hacer lo que hice, una gran equivocación por mi parte.

       Fue una noche sin luna. Aprovechando la oscuridad, salí silenciosamente por la puerta de atrás, burlando la vigilancia de los guardias. Una vez fuera, callejeé por las angostas calles de la ciudad, sin detenerme en mirar a mí alrededor. Observé la Portada de los Apóstoles de la catedral del Salvador de Ávila, fijándome en sus detalles góticos con curiosidad. Nunca la había visto hasta ahora, puesto que mi padre no me había dejado salir nunca tan lejos de casa, por su desconfianza hacia los musulmanes, que hacía mucho tiempo ya que convivían casi sin incidentes con los cristianos y los judíos.

       Entré en el templo sin preocuparme de llamar a la puerta, o averiguar si había alguien dentro. Me recibió un silencio sepulcral, sólo roto por unos susurros acelerados de uno de los bancos cercanos a la capilla mayor. Intentando hacer el menor ruido posible me acerqué a la figura que, de rodillas, rezaba, con la mirada fija en el suelo. El sacerdote levantó la vista al oírme llegar, y me miró fijamente. Después, reanudó la oración. Esperé en silencio mientras pronunciaba las últimas palabras y se levantaba.

       -¿Puedo ayudarle en algo? – preguntó con voz cansada.

       -Sí, por supuesto. Busco al señor obispo Don Sancho Dávila.

       -Pues estará durmiendo. ¿No sabe usted las horas que son? –me recriminó, alzando una ceja.

       Ciertamente no, no lo sabía, pero necesitaba verle.

       -Disculpe, pero es que me urge hablar con él…

       A regañadientes, finalmente aceptó a llevarme.

       Llegamos a los aposentos del obispo, que lejos de ser los que visualizaba en mi mente, eran más bien austeros, aunque confortables. El hombre se encontraba sentado en el estudio, leyendo un libro, al contrario de lo que había dicho el sacerdote, que desapareció de la habitación tras anunciar mi presencia. El obispo se dio la vuelta y me sonrió.

       -Hola Santiago.

       -Hola tío Sancho… –murmuré con un hilo de voz mientras tomaba asiento cerca de él, y le miraba algo incómodo. Él sabía tan bien como yo que no debería estar allí, tan lejos de mi hogar, y mucho menos a esas horas de la noche.

       -¿A que debo tu visita? –preguntó él sin perder la sonrisa.

       Procedí a contarle mi vida, que ciertamente me resultaba extraño, pero era el único modo de hacerle conocer el secreto que tan celosamente guardaba, pero que poco a poco hacía mella en mí. Conforme hablaba, observé como la sonrisa desaparecía de su cara, transformándose en una máscara seria e insensible.

       -Has hecho bien en venir a contármelo, Santiago. Yo ayudaré a tu madre a acabar con sus pecados.

       Tal vez fueron sus palabras, tal vez su tono de voz, pero fue entonces cuando me di cuenta del grave error que acababa de cometer. El obispo me sonrió y me llevó a una de las habitaciones de la catedral para que pudiera pasar la noche. Otro grave error aceptarla antes de saber donde me metía. La habitación, contigua a la enfermería del templo, tenía varias camas, pero estas estaban completamente vacías. Un olor putrefacto provenía de la pared  y me aovillé en la cama más alejada, esperando que llegara el amanecer, un nuevo día.

       A la mañana siguiente, salí de la catedral para dar un paseo. ¿Dónde estaba la gente? Las calles estaban completamente desiertas. Deambulé un poco hasta que me encontré con una pareja de niños, que no debían pasar de los doce años, y se dirigían corriendo a la plaza del mercado. Les seguí sin dilaciones, sorprendido de ver tanta gente en la ciudad.

       Probablemente, no podría haber hecho nada por muy pronto que hubiese llegado, pero sabía que nunca olvidaría lo que entonces vi. La gente se arremolinaba alrededor de un gran tablado de madera, donde había apilados varios troncos y hierbas secas, que hacía tiempo habían comenzado arder. La gente gritaba y lanzaba piedras gritando palabras como “hereje” o “bruja” mientras observaban a una mujer arder entre las llamas de la pira. Sus aullidos de dolor llegaban a mí con dolorosas punzadas de reconocimiento.

       Noté como las lágrimas comenzaban a correr por mi rostro y sin atreverme a mirar de nuevo a la mujer salí corriendo hacia las puertas de la muralla. Para huir de Ávila para siempre. Funesto destino encontrarme con alguien conocido antes de partir.

       El obispo me sonrió desde su carro de caballos y paró a escasos metros de mí. Sacó la cabeza por la ventana para decir:

       -Era lo mejor hijo. Ahora estará con Dios libre de pecado… y tú también dentro de poco, si Dios te perdona por esconder a una hereje.

       No añadí nada, no sentía ni pensaba nada. Huí de la ciudad pero no llegué lejos. Y es que como el obispo dijo, yo también desaparecería pronto del mundo. Porque nadie me advirtió, que en aquella enfermería, la del hedor insoportable y en cuya habitación contigua dormí una noche entera, se encontraban decenas de personas muertas por la misma enfermedad, a las que nadie se había querido acercar, con las puertas selladas y marcadas por grandes cruces blancas hechas con cal. La peste.

       Ahora mismo estoy tirado en una cama esperando a que llegue mi muerte. Hace tiempo que dejé de gritar y quejarme, a pesar de que el dolor es cada día más intenso.

¿Por qué escribo esto en mi lecho de muerte? Simplemente no quería ser olvidado.

Ya te advertí de que no sería bonito.

Claudia García Sanz


CLAUDIA, RECOGIENDO SU VOLUMINOSO PREMIO


SEGUNDO PREMIO CERTAMEN NACIONAL RELATOS
"SANTIAGO GARCÍA CLAIRAC" AÑO 2008 
 
                        E L  S U E Ñ O 

Escrito por Aya Elalami (Casablanca, Marruecos) 


      

AYA, CON SU TROFEO

Érase una vez un lugar llamado “La Isla del Silencio” y todo lo que voy a contaros sucedió en una época que nadie ha vivido aún y en un lugar del Universo situado muy lejos de nuestra galaxia.

      “La Isla del Silencio” estaba rodeada por aguas de color violeta y cuando alguien las miraba cambiaban de color… En aquel lugar reinaba un silencio musical y sus habitantes se parecían bastante a los de nuestro planeta, pero poseían características propias que les hacían diferentes… Tenían brazos, piernas, ojos… y además poseían grandes ala hechas de luz y de viento que les permitían volar a una pequeña altura; además, utilizaban un lenguaje distinto al nuestro; si querían decirse algo soplaban en el aire y el viento dibujaba las palabras que querían decir.

      La vida en “La Isla del Silencio” también era muy diferente a la nuestra: no existían relojes ni horarios, tampoco había casas ni coches ni GUERRAS. Lo que sí había era SILENCIO y los habitantes, cuando querían comer, pensaban en lo que les apetecía y al instante brotaban de los árboles frescas frutas.

      Cuando tenían sueño, se acercaban a la orilla del mar y dibujaban en el agua un lugar para descansar.

      En “La Isla del Silencio” se respiraba un aire puro y fresco y el mar que la rodeaba cuidaba y protegía a sus habitantes de cualquier peligro; por eso todos eran felices…

      Sin pasado, sin futuro, tan solo vivían el momento sin esperar nada, pero… algo estaba a punto de suceder, algo que rompería el silencio musical y la armonía.

      Un día comenzó a oscurecerse el sol y el viento se volvió frío. Todos los habitantes estaban aterrorizados porque aquel viento les impedía volar. Todo el mundo se escondía, pero Guillermo, un chico muy aventurero y capaz de todo, decidió volar en dirección al viento y se fue tan lejos que cuando se cayó se dio un golpe contra una piedra y se mareó. Cuando abrió los ojos vio a una chica muy guapa. Era tan guapa que creía que estaba en el paraíso, pero…

      ¿Dónde estaba? ¿Y quién era esa chica?

      Empezó a soplar en el aire para intentar comunicarse, pero las palabras no se dibujaban. Como no se comprendían, ella tuvo una idea: los dos sabían leer y escribir, así que decidieron comunicarse por escrito. Entonces ella le escribió:

      -Hola, me llamo Hayan, ¿y tú?

      -Yo me llamo Guillermo, pero… ¿dónde estamos?

      -Estamos en “La Isla del Estruendo”. Aquí hay mucho ruido, mucha contaminación.

      En pocas palabras: ¡Era todo lo contrario de “La Isla del Silencio”!

      En “La Isla del Estruendo” había casas, coches, horarios de trabajo y horas. Allí todo el mundo estaba enfadado por un sí o un no, y hasta entre vecinos había guerras.  Hayan y Guillermo se enamoraron y decidieron que los dos países debían ayudarse. Decidieron juntar los dos países y enseñarles a hablar de las dos formas. Además que los de “La Isla del Estruendo” no contaminasen y no hicieran más ruido. Y los de “La Isla del Silencio” tuvieron que aprender a trabajar un poco. Juntas, las dos islas descubrieron y aprendieron muchas cosas.

      Hayan y Guillermo se querían tanto que al final se casaron y tuvieron una niña a la que llamaron Alegra, a la cual le gustaba mucho ver a la gente alegre y feliz; y otro hijo al que llamaron Pinton, ya que se notaba que iba a ser artista desde su nacimiento.  Juntos, los dos hermanos y sus padres, triunfaron para perfeccionar las dos islas y cuando las juntaron la llamaron… “LA ISLA DE LA FELICIDAD”. 
 
Aya Elalami
CERTAMEN NACIONAL RELATOS "SANTIAGO GARCÍA CLAIRAC"
AÑO 2008.- 


TERCER PREMIO
  
E L   V I A J E    D E    N A N O 
 Escrito por Sabrina Bennis (Casablanca-Marruecos)

      Hola, me llamo Nano, soy un niño de 11 años. Vivo en Tanzania, muy cerca del lago Victoria. Tengo la piel oscura, los ojos verdes y el pelo bastante largo y castaño.

      Mi abuela vive en Marruecos, más preciso, en Marrakech. Nunca la he visto, mi madre dice que abandonó nuestra tribu hace años porque unos indios la perseguían por un diamante.

      Yo he decidido viajar hasta Marrakech con mi hermana Bahía. Decidí escaparnos por la noche cuando todo el mundo dormía. Cogí a Bahía de la mano y empezamos a correr al norte, corrimos casi toda la noche y todo el día siguiente. A la mañana siguiente nos encontramos en frente de la frontera que separaba Uganda del Sudán. La pasamos y cogimos un autobús que nos llevó hasta El Fachet. Allí pedimos dinero a la gente. Unos cuantos nos dieron. Con ese dinero compramos de beber y de comer. Anduvimos por la ciudad, una anciana nos invitó a su casa. Nos puso crema en los pies y nos dio nuevos zapatos.

      -¿Dónde queréis ir? – nos preguntó la anciana.

      -A Marruecos – respondió Bahía.

      -¿Estáis locos? Andar hasta Marruecos – se excitó ella -. No os dejaré.

      -Pero no eres nuestra madre, no hacemos lo que usted diga. Queremos visitar África y conocer a nuestra abuela – lloriqueaba yo enfadado.

      -Vale, pero tendréis que esperar hasta que mi hijo venga. Él os conducirá hasta allí – dijo decidida la anciana.

      -¿Dónde está? – preguntó Bahía.

      -Está trabajando en Togo, vendrá en un mes – respondió.

      -No podemos esperar tanto tiempo. Tenemos que encontrarnos con él en el Chad, andaremos hasta allí – dije yo.

      -Vale, os esperará en N´Djamena, en el mercado – aclaró ella.

      Nos despedimos de ella, empezamos a andar y andar. Creo que anduvimos diez días para llegar a la frontera. Allí nos quedamos dos días para descansar de la larga trayectoria que hicimos. Al pasar la frontera un chico vino y nos saludó:

      -Hola, me llamo Ali.

      -Yo soy Nano y esta es mi hermana Bahía. Vivimos en Tanzania y queremos ir a Marruecos para visitar a nuestra abuela – le conté yo.

      -¡Madre mía! Casi atravesáis toda África. ¿Puedo venir con vosotros? Tengo dos caballos que nos pueden llevar – dijo Ali.

      Hablé con Bahía y decidimos llevarlo con nosotros.

      -Vale, puedes venir con nosotros – le dijo Bahía.

      -Voy a ir a buscarles y traeré comida, bebida y mantas – nos dijo Ali.

      Montamos en los caballos y empezamos a galopar. Llegamos a N´Djamena en tres semanas más o menos. Allí buscamos al hijo de la anciana, lo encontramos rápidamente.

      -Hola, soy Nano, ella es Bahía mi hermana y nuestro amigo Ali – presenté yo.

      -Hola, yo soy Gadumba – se presentó–. Os llevaré hasta la frontera que separa Argelia de Marruecos – nos explicó.

      -¡Vale! – dijimos los tres juntos.

      -Pero solo tenemos dos caballos – dijo decepcionado Ali.

      -No te preocupes, cogeremos un coche y pondremos los caballos en un contenedor – le aseguró Gadumba.

      Empezamos la trayectoria, Gadumba conducía muy rápido, así que no pude admirar los bellos paisajes que estábamos cruzando. Llegamos a la frontera en cuatro días.

      Nos despedimos de Gadumba y le dimos las gracias. Después, galopamos largos días hasta Marrakech. El gran momento llegó, pregunté a una señora:

      -¿Conoce usted a Agatha Yombuzi?

      -Pues claro, casi toda la ciudad la conoce. ¡Qué mujer fue! Tan poderosa, tan bella… - me respondió.

      -¿Era...? – preguntó Bahía preocupada.

      -Sí, era, se murió hace dos días. Seguro que ahora está llegando a Tanzania, cerca del lago Victoria, es donde la enterrarán -contó la señora.

      Agradecimos a la señora la información y nos despedimos. Bahía y yo empezamos a llorar, pensábamos que hicimos todo el viaje para nada, pero… no era verdad porque conocimos a personas muy amables, entendimos y visitamos muchos países y culturas…

      La señora vino corriendo y nos preguntó si éramos de la familia de Agatha, respondimos que sí. Nos llevó al banco más cercano, habló con el banquero y media hora después teníamos todos los bienes de mi abuela. Con el dinero, compramos un billete de avión para Ali con destino al Chad y dos para nosotros para Tanzania.

      Dos días después estábamos en los brazos de nuestra familia contándoles nuestro viaje. Cada día Bahía y yo visitamos nuestra abuela en su tumba y le contamos en detalle todo lo que vimos. 


 
 
 
 

 
 
 
 
 


SABRINA, CON SU TROFEO