SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

EL EJÉRCITO NEGRO

CAPÍTULO 9

IX

UN EJÉRCITO PARA LIBERAR A UN SABIO

Cuando el ultimátum estaba a punto de cumplirse, Arquimaes fue llevado a empujones ante la presencia de Eric Morfidio. Mientras subía la escalera, el sabio se convenció de que su hora había llegado.

Una vez ante el conde, los soldados le obligaron arrodillarse sobre la alfombra que se encontraba a los pies de su secuestrador.

―Arquimaes, la última oportunidad de desvelarme tu secreto ha llegado –le advirtió―. Mi paciencia ha terminado.

Aruqimaes tragó saliva. Sabía que sus próximas palabras serían determinantes. Si se equivocaba, podrían ser las últimas que pronunciara en su vida.

―Ya te he dicho, conde Morfidio, que mi invento no te servirá. Aunque te lo cuente, no te será de provecho.

―Y yo te he dicho, hechicero, que de eso me ocuparé yo. Tú explícamelo. Y hazlo ya…

―No puedo. Ni aunque quisiera sería capaz de poner en tus manos un descubrimiento que debe ser transferido a personas justas y honestas, y no a gente como tú, deseosa de poder.

Eric, ofendido por las palabras de su prisionero, se levantó y dio unos pasos hacia él.

―Por mucho que te escudes en esa estúpida historia, no te servirá de nada. O me lo cuentas a mí o no se lo contarás a nadie.

―¡Mi fórmula no es como esos edictos que redactas para subir impuestos!

-Escucha, sabio, si te niegas a colaborar, te aseguro que mañana por la mañana, tú y ese chico al que has devuelto la vida con tu poderosa hechicería, os convertiréis en ceniza.

-¡Si hiciera la que me pides me traicionaría a mí mismo! Y yo no le he devuelto la vida a Arturo… ¡Se ha curado solo!

-No puedes negar lo que he visto con mis propios ojos. ¡Ese muchacho estaba herido de muerte! Ahora sé que posees la fórmula de la inmortalidad.

En aquel preciso momento, justo cuando Arquimaes se disponía a responderle, el capitán Cromell entró atropelladamente en la sala y pidió permiso para hablar.

-Es urgente, señor. Traigo un mensaje personal que acaba de llegar .alegó-. ¡Es muy importante!

Morfidio alargó la mano y su hombre de confianza le entregó un estuche de cuero que contenía un pliego. Impaciente por saber de qué se trataba, lo desplegó y lo leyó ansiosamente.

-¡Maldita sea! –exclamó unos segundos después-. ¡Ese condenado Arco de Benicius se ha vuelto loco!

Las palabras de Morfidio dejaron estupefacto a Arquimaes, que prefirió mantenerse en silencio. El conde se acercó a la bandeja de frutas y bebidas., se sirvió una gran copa de vino y se la tomó ansiosamente de un solo trago.

-Ya ves como tenía razón, sabio del demonio. Tu protector, Arco de Benicius, amenaza con atacarme si no te pongo en libertad. Ya ves que él también desea poseer tu secreto.

-No quiero que haya ninguna guerra por mi culpa.

-Entonces, entrégamelo lo antes posible. Es la única forma de evitar una carnicería inútil. Ese insensato ha reunido un ejército y se dirige hacia aquí. Dentro de poco lo tendré a las puertas de mi propio castillo.

Arquimaes comprendió que Eric tenía razón. En breve empezaría una guerra en la que moriría mucha gente y dejaría la región asolada. Las campañas dejaban siempre un rastro de muerte y desolación que solía durar muchos años. Y los más débiles, los campesinos y sus familias eran los que más sufrían las consecuencias. Paradójicamente, las personas a las que quería ayudar corrían ahora un serio peligro.


* * * * *

Arquimaes volvió a la celda completamente destrozado.

Arturo, que comprendió en seguida en qué estado se encontraba, se acercó y trató de consolarlo.

-¿Qué pasa, maestro? ¿Vamos a morir en la hoguera?

-Mucho peor, muchacho. ¡Una guerra está a punto de comenzar! Solo de pensar en la cantidad de gente que va a morir, se me parte el alma.

-¿Una guerra? ¿Por nuestra culpa?

-El rey Benicius viene con su ejército a rescatarnos. Dentro de poco sonarán las trompetas de guerra y nadie sabe cómo terminará. Quizá debería rendirme y revelar el secreto a Morfidio.

-¡No, maestro! ¡No debéis hacer eso! ¡Ese hombre es un bárbaro! –protestó Arturo.

-¿Debo dejar que mueran cientos de seres humanos para preservar una fórmula que sólo unos cuántos podrán utilizar?

-¿Es una buena idea dar un poder ilimitado a alguien que no valora la vida humana? –argumentó Arturo-. ¡Por favor, maestro, no os rindáis!